SOCIEDAD Y
DESIGUALDADES
AÑO III | NÚMERO 4
MAYO 2026
OCTUBRE 2026
ISSN 3072-7111
INSTITUTO DE ESTUDIOS SOCIALES EN CONTEXTOS DE DESIGUALDADES (IESCODE-UNPAZ)
Presentación del Dossier Marta Flores
FADECS-FAHU/UNComahue, Argentina
marta.flores@fadecs.uncoma.edu.ar / ORCID: 0000-0003-3864-4437

María Azucena Feregrino Basurto
Universidad Iberoamericana, Argentina
maferegrino@hotmail.com / ORCID: 0000-0003-0146-0482

Cecilia Alejandra Castro
FCC-CIPECO-CIFFyH-UNC, Argentina
cecilia.castro@unc.edu.ar / ORCID: 0000-0003-4328-6937

En América Latina, los cambios recientes en el mundo del trabajo obligan a replantear qué se reconoce como trabajo y en qué condiciones puede sostenerse. En el campo artístico y cultural, muchas actividades se organizan fuera del empleo asalariado típico, en modalidades independientes y discontinuas. Este dossier parte de ahí. Asume el proceso productivo artístico y cultural como trabajo y lo analiza en sus configuraciones actuales, como autogestión y circulación, acción colectiva intermitente, redes de cuidado y tensiones entre mercado y Estado. Los artículos provienen de territorios y escalas distintas, y esa diversidad ordena su discusión, mostrando continuidades y variaciones en la organización, producción y desigualdades del trabajo artístico y cultural desde contextos periféricos situados. En ese sentido, el género permite entender cómo se distribuyen el valor, el reconocimiento, la autoridad y el acceso a derechos. Por otra parte, el enfoque interseccional resalta que las jerarquías y los controles no son neutros, definen qué cuenta como trabajo, quién puede acceder a las oportunidades y los criterios de legitimación del campo. Además de que, por su persistencia, estas desigualdades colocan en el centro el papel del Estado y las deudas pendientes en el reconocimiento del trabajo artístico y la garantía efectiva de derechos. El abordaje de esta temática implica afrontar dificultades conceptuales: en primer lugar, las representaciones sociales que asocian el trabajo a un esfuerzo físico no placentero, destinado a la producción de bienes y servicios en orden a la satisfacción de necesidades inmediatas. Frente a esta concepción, se considera que el trabajo cultural comprende actividades intelectuales cuyo valor social es indudable, pero que no contribuirían a solventar necesidades básicas. La otra dificultad proviene también del sentido común e implica una supuesta diferenciación entre un tipo de trabajo “productivo” (el relacionado a los sectores primario, secundario y terciario de la economía), y las ocupaciones relacionadas con la cultura. El estudio del trabajo artístico y cultural, al igual que el de su proceso productivo, ha exigido un esfuerzo conceptual. Entre esos aportes destacan las formulaciones de Enrique De la Garza Toledo (2011), que incorpora el trabajo artístico en la categoría de trabajo no clásico y revaloriza el análisis del proceso de trabajo, al subrayar el rol de las relaciones que se establecen en su propio desarrollo. Por ello, su aplicación al arte es pertinente, pues permite entenderlo como relación social con dimensiones objetivas y subjetivas, donde la actividad artística no se agota en la obra ni en la vocación, sino en una producción simbólica de significados. Esta concepción ampliada, entonces, habilita analizar traslapes entre trabajo y no trabajo, la intervención de diversos agentes y sus formas de control (Feregrino, 2023). Ahora bien, si todo trabajo tiene una dimensión simbólica, la actividad de producción simbólica debe ser estudiada en su particularidad. La relativa autonomía del campo cultural genera una illusio que legitima una especie de economía invertida, sustentada por la lógica específica del campo que privilegia la sinceridad y el desinterés. como esenciales al ejercicio de cualquier actividad artístico cultural (Bourdieu, 1995). En el proceso de trabajo y en el producto final, dichas cualidades morales se transforman en estándares a partir de las cuales, usuarias y usuarios ejercen el control sobre las/os productoras/es. De esta manera, se reafirma el doble carácter de símbolos y mercancías de este tipo específico de bienes y servicios. Este dossier reúne avances y conclusiones, con base empírica, sobre trabajo artístico y cultural autogestivo, cuyo foco está en las condiciones para sostener la práctica y el reconocimiento en el campo a través del tiempo. En los artículos se puede observar cómo el escaso acceso a recursos y a públicos, las jerarquías y competencia asimétrica, los apoyos públicos insuficientes, y la lucha por la legitimación del trabajo, entre otros aspectos, suelen intensificar la precariedad. Desde las trayectorias de jóvenes músicos en Buenos Aires y alrededores, Cecilia Ros aborda la precarización laboral y entrelaza conceptos claves como vocación, autogestión y sentidos del trabajo. Desde este ángulo, analiza el ingreso y permanencia de las y los jóvenes en el camino a la profesionalización y se pregunta si el reconocimiento simbólico no opera como una suerte de salario afectivo. De esta manera, sostiene, se habilitaría la aceptación de malas condiciones de trabajo y se reforzaría la naturalización del tiempo no pago. Mirta Sanabria y Ronald Isler analizan el trabajo de los músicos callejeros en la ciudad de Corrientes (capital de la provincia homónima). A partir de una propuesta metodológica nutrida de los aportes de la etnometodología y la deriva urbana, visibilizan etnográficamente la cara oculta de esa actividad musical para bucear en las decisiones individuales de las y los artistas y su relación y las tensiones con los demás actores urbanos, incluyendo la perspectiva de los vecinos que consideran dicha música como un “ruido molesto”. A partir de un movimiento poético-musical en la Patagonia, Lorena Vargas Ampuero estudia un caso desarrollado en la Patagonia entre fines del pasado siglo y comienzos del actual. La pluralidad de tareas necesarias para la producción artística cobra un nuevo significado porque la autora remarca la ideología política subyacente en la voluntad de cooperación de quienes participaron en el movimiento encuadrado en el marco becqueriano de mundos del arte. Paradójicamente, en un movimiento que dice organizarse a partir de redes de solidaridad y reciprocidad, las actividades técnicas y de apoyo conducen a situaciones de autoexplotación laboral que son naturalizadas por el colectivo en nombre de la autogestión y la independencia. En festivales de rock en Córdoba, Cecilia Castro analiza etnográficamente el management musical en estos espacios en Córdoba como una forma de trabajo cultural en contextos de autogestión y precariedad. Se enfoca en la figura del mánager y en las disputas simbólicas, morales y relacionales que atraviesan su práctica. Examina las categorías nativas de “vieja escuela” y “nueva escuela” como formas de clasificación dentro del campo. Desde una perspectiva interseccional, indaga cómo estas categorías se vinculan con desigualdades de género. Encuadrando su investigación en el marco de la línea inaugurada por Marcel Mauss con centralidad en la lógica del intercambio y una economía que oscila entre el don y la monetización, Marta Flores examina la circulación de trabajo en una asociación de artistas independientes surgida durante la pandemia de COVID-19. Analiza la participación solidaria como categoría nativa, así como su materialización en términos de donación de trabajo-tiempo. Asimismo, la perspectiva interseccional le permite indagar acerca de las asimetrías y desigualdades presentes en las prácticas del don y su impacto en la dinámica interna del colectivo estudiado. Desde la ciudad de Puebla (México), el artículo de Vanessa Parody Lozano articula los estudios críticos del desarrollo y el trabajo no clásico para analizar el trabajo artístico visual, con énfasis en la acción colectiva. Ella muestra cómo la exclusión institucional y la fragmentación laboral activan cooperación intermitente, redes afectivas de cuidado y estrategias autogestivas para sostener la práctica. Su enfoque interseccional le permite mostrar al cuidado como sostén que a menudo recae en mujeres. Además, cuestiona políticas culturales de sesgo productivista que valoran la producción simbólica por su rentabilidad o por su aporte al PIB, y muestra cómo, frente a la exclusión institucional, se activan la cooperación intermitente, redes afectivas de cuidado y la búsqueda de autonomía simbólica como formas de sostén del trabajo artístico. Por último, Viviana Fernández aporta una visión original del trabajo cultural y es el emprendedorismo religioso. Pretende dar cuenta de que el emprendedorismo y las diferentes articulaciones que se producen en relación a lo religioso no solo se constituyen en formas de trabajo emprendedor que vinculan una visión espiritualizada de las personas, sino que se entroncan con una concepción particular que los creyentes del movimiento Nueva Era tienen del trabajo que se relaciona con lo identitario y con formas de emprendedorismo interpretadas y llevadas adelante en clave religiosa. Quisiéramos destacar la relevancia de los aportes realizados por el presente dossier, tanto en cuanto a las peculiaridades del trabajo artístico y cultural en sí, como en lo concerniente a la variedad y extensión geográfica que abarca. En conjunto, nos muestran que, a pesar de que existe una gran variabilidad en las condiciones objetivas a lo largo y a lo ancho de Latinoamérica, no puede ocultarse un doloroso rasgo en común: la precariedad. En ese sentido, la informalidad en la que desarrollan su actividad también es terreno fértil para la reproducción no solo de las desigualdades salariales típicas del mundo capitalista, sino también de maltratos laborales y otro tipo de abusos, que la investigación feminista busca visibilizar. Como respuesta resiliente, se han multiplicado los emprendimientos que utilizan las artes como recurso y la propia creatividad como materia prima en pequeños circuitos de comercialización. Desde la acción colectiva, las redes y los colectivos de artistas cumplen hoy un importante papel como contenedores de la actividad y como verdaderos emprendedores sociales supliendo las actividades de promoción otrora realizadas por los diversos niveles de un Estado cada vez más prescindente. En ese escenario, la figura de la persona emprendedora artística y cultural condensa una ambivalencia. Nombra estrategias concretas para sostener la actividad en circuitos pequeños y en redes que hoy cumplen funciones de contención y promoción, pero también puede desplazar hacia las personas los costos de la precariedad y volver “natural” que la continuidad del trabajo dependa de la autogestión, del tiempo no pagado y de los arreglos informales. 1. Referencias bibliográficas
  • De la Garza Toledo, Enrique (coord.) (2011). Trabajo no clásico, organización y acción colectiva. Madrid: Plaza y Valdés.
  • Bourdieu, Pierre (1995). Sociología y Cultura. México: Grijalbo.
  • Feregrino, Azucena (2023). Trabajo no clásico y configuración productiva en el trabajo artístico. Iztapalapa: Universidad Autónoma Metropolitana /Ediciones del Lirio.

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