SOCIEDAD Y
DESIGUALDADES
AÑO III | NÚMERO 4
MAYO 2026
OCTUBRE 2026
ISSN 3072-7111
INSTITUTO DE ESTUDIOS SOCIALES EN CONTEXTOS DE DESIGUALDADES (IESCODE-UNPAZ)
Concepción del trabajo y emprendedorismo religioso Los canalizadores del movimiento Nueva Era entre Bariloche (Argentina) y la red global Viviana Marcela Fernández
UNCo, Argentina
vivianafernandez.bariloche@gmail.com / ORCID: 0000-0003-0842-0694

Recibido: 21 de octubre de 2025. Aceptado: 16 de marzo de 2026. Resumen En la presente investigación se analiza la articulación entre el ámbito laboral y el religioso como relación social que es fuente y producto de la construcción de significados y experiencia de vida para los creyentes-trabajadores del movimiento Nueva Era, en San Carlos de Bariloche (Argentina) y la red global con la que se conecta. Se examina cómo el trabajo se constituye en una forma de construcción de identidad y en diversas formas de emprendimientos vinculados al creer, que dan cuenta de la especificidad del oficio religioso como parte de un complejo sistema de transmisión de significados y sentidos, que trasciende la simple transacción de bienes y servicios por dinero. En este sentido, el emprendedorismo y su articulación con lo religioso, no solo se vincula a una visión espiritualizada de las personas, sino que se entroncan con una concepción particular que los creyentes Nueva Era tienen del concepto del trabajo, que se relaciona con lo identitario y con formas de emprendedorismo interpretados y llevados adelante en clave religiosa. Metodológicamente se analizaron los discursos que emiten los canalizadores en sus portales en internet, la literatura específica que producen, sus relatos autobiográficos y se realizaron entrevistas y observaciones. En las fuentes escritas y orales aplicamos la hermenéutica histórica y el análisis discursivo y aplicamos la prosopografía para establecer un perfil de los creyentes. Palabras clave: Nueva Era | canalizadores | concepción del trabajo | emprendedorismo religioso | procesos identitarios
Conception of work and religious entrepreneurship The channelers of the New Age movement between Bariloche (Argentina) and the global network Abstract This research analyzes the relationship between work and religion as a social construct that is both a source and a product of the construction of meaning and life experience for working believers in the New Age movement in San Carlos de Bariloche, Argentina, and the global network to which they are connected. It examines how work becomes a means of constructing identity and various forms of entrepreneurship linked to faith, revealing the specific nature of religious work as part of a complex system for transmitting meanings and understandings that transcends the simple exchange of goods and services for money. In this sense, entrepreneurship and its connection to religion are not only linked to a spiritualized view of people but are also intertwined with a particular conception of work held by New Age believers, a conception that relates to identity and to forms of entrepreneurship interpreted and carried out within a religious framework. Methodologically, the discourses disseminated by the channelers on their online portals, the specific literature they produce, and their autobiographical accounts were analyzed, and interviews and observations were conducted. Historical hermeneutics and discourse analysis were applied to the written and oral sources, and prosopography was used to establish a profile of the believers. Keywords: New Age | channelers | conception of work | religious entrepreneurship | identity processes
1. Introducción La religiosidad contemporánea se encuentra atravesada por los procesos de mercantilización, con la oferta y el consumo de mercancías religiosas que circulan y traspasan fronteras producto de la globalización, facilitados por el avance tecnológico y la utilización de internet con fines económicos y religiosos, que intensifica la circulación translocal y transcultural de creyentes, símbolos, creencias, prácticas, ideas, narrativas y objetos (De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, 2005). En este contexto, los actores vinculados a lo religioso gestionan sus propias formas de organización y tramas de significado específicas en el desarrollo de productos culturales orientados hacia un creyente-consumidor, lo cual, a su vez, incide en los modos en que los individuos se relacionan con tradiciones religiosas y diferentes corpus de creencias (Algranti, 2013). En ese sentido, se ha diversificado la oferta y el consumo de bienes simbólicos por medio de industrias culturales y diversos emprendimientos que ponen en circulación contenidos religiosos, servicios de tipo terapéutico, soluciones “mágicas” a problemas personales, conocimientos ancestrales, circuitos turísticos, arte vinculado al creer, etc. De esta forma se producen intermediaciones novedosas entre lo que conocíamos como campos especializados, particularmente entre el mercado y las religiones (De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, 2005). A medida que las prácticas que tradicionalmente tenían un sentido religioso adquieren cada vez más un carácter mercantilista y aquellas que se reconocían como seculares van generando una nueva significación de lo sagrado y de lo trascendente (De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, 2005), algunos individuos ingresan al mundo laboral como emprendedores asociando sus creencias religiosas con su mantenimiento económico en busca de una rentabilidad que conecta ambos mundos (Funes y Nachón Ramírez, 2021; Fernández y Novoa, 2024; Vargas y Viotti, 2013; Vargas, 2014). En cuanto a la relación entre lo laboral y la religión, el concepto ampliado de trabajo (De la Garza Toledo, 2009) permite profundizar en la relacionalidad entre ambas esferas, más allá de la estricta asociación clásica entre capital y trabajo. Esto permite observar cómo se configuran vínculos laborales entre el sujeto y el empleador, el cliente u otros colegas; en este caso referidos a los actores religiosos. Esta actividad, según el autor, implica la construcción y el intercambio de significados; es una forma de interacción social que a su vez se vincula con objetos materiales y simbólicos (De la Garza Toledo, 2009: 111). Particularmente, en esta investigación se pretende abordar la articulación entre estos dos mundos, el del trabajo y lo religioso, como relación social que es fuente y producto de la construcción de significados y experiencia de vida para los creyentes-trabajadores (Galán-Castro y Martínez Trejo, 2016). Se pondrá de manifiesto cómo lo laboral se constituye en una forma de construcción de identidad al interior del movimiento Nueva Era y en diversas formas de emprendimientos vinculados al creer. Esto da cuenta de la especificidad del trabajo religioso como parte de un complejo esquema de transmisión de significados y sentidos que trasciende la simple transacción de bienes y servicios por dinero. En cuanto a las formas de trabajo vinculadas al sector emprendedor en Argentina, desde fines de la década del ochenta ha sido objeto de numerosos estudios que analizaron el efecto de dicha actividad en la economía. Las variables consideradas han referido a la importancia de este fenómeno en el país, a su distribución en sectores productivos, a las expectativas existentes en la generación de empleo, a la percepción de buenas oportunidades para iniciar un negocio, a la innovación y a los motivos del autoempleo (Herrera, 2019). Algunos autores han indagado sobre el fomento del “espíritu emprendedor” entre la población y en el ámbito de la educación, a partir de las políticas públicas que consideran al emprendedorismo como una herramienta para reducir la pobreza, la desigualdad y el desempleo (Cánovas Herrera, 2022). Otros se focalizaron en la política educativa en nuestro país, entendida como parte de un proceso más amplio de privatización y mercantilización de la enseñanza (Feldfeber, Puiggrós, Robertson y Duhalde, 2018; Stoppani, Baichman y Kasem, 2019), que tiene el objetivo de construir sujetos flexibles capaces de generar su propio empleo (Speziale, 2018). Señalando la complejidad del emprendedorismo en la Argentina, debido a la diversidad de actores que conforman su ecosistema, otros investigadores enfocaron la figura del emprendedor, sus condiciones laborales y la autoexplotación, factores que complejizan las construcciones de quienes promueven esta forma de inserción al mercado laboral (Del Giorgio Solfa y D’amico, 2019). Otras propuestas que han abordado diferentes conjuntos de trabajadores independientes de sectores medios en Argentina (Vargas y Viotti, 2013; Vargas, 2014; Fridman, 2019), destacan que esta modalidad no solo es una respuesta estratégica de los actores frente a la reducción de oportunidades de trabajo tradicionales, sino que también involucra un conjunto de moralidades que incluyen la valoración positiva del manejo del propio tiempo, la voluntad de incorporar nuevas competencias y una concepción amplia del trabajo, entendido como un ámbito de la vida cotidiana que permite proveer ingresos, pero también se constituye en una oportunidad para el desarrollo personal (Funes y Nachón, 2021). Es decir, según Funes y Nachón (2021), estas moralidades incorporadas y reflejadas en la práctica pueden ser comprendidas como parte de procesos de subjetivación más amplios, caracterizados por una articulación cada vez mayor entre los discursos emocionales y económicos, y por una valoración positiva de la idea de confort y autonomía respecto de los modelos de organización social tradicionales (las familias, empresas e iglesias), como vía para un desarrollo personal que involucra una dimensión espiritual (Vargas y Viotti, 2013; Funes y Nachón, 2021). Algunos aportes que consideran los procesos de mercantilización de lo religioso informan sobre las industrias, los productores culturales y las formas de emprendedorismo vinculados al “creer” (Algranti, 2013, Semán, 2013, entre otros), dando cuenta que estos actores ponen en juego formas propias de organización y símbolos específicos en el desarrollo de productos culturales dirigidos hacia un creyente-consumidor. En este proceso, las fuerzas sociales que movilizan inciden en los modos de creer y, por lo tanto, en la forma en que las personas se relacionan con una tradición o un corpus de creencias (Algranti, 2013). Es necesario seguir complejizando la figura del emprendedor y las diferentes formas que asume esta labor, entre ellas las que vinculan una concepción espiritualizada de la persona, la realidad social y lo trascendental (Funes y Nachón, 2021). A nivel local, y siguiendo estas líneas de investigación, hemos analizado el emprendedorismo en un cruce entre el trabajo artístico, lo religioso y los procesos de empoderamiento femenino (Fernández y Novoa, 2023; 2024). A su vez, se ha incorporado el abordaje de internet (páginas web, diversas redes sociales y comunidades virtuales), desde donde ciertos sujetos vinculados a la experiencia con lo trascendente hacen uso de ella para la producción y el intercambio de bienes y servicios, así como de narrativas e imaginarios, permitiendo la amplia expansión de contenidos y significados Nueva Era (Fernández y Novoa, 2022, 2023, 2024; Novoa, 2023). En esta investigación se pretende dar cuenta que el emprendedorismo y las diferentes articulaciones que se producen en relación a lo religioso, no solo se constituyen en formas de autoempleo que vinculan una visión espiritualizada de las personas, sino que se entroncan con una concepción particular que los creyentes Nueva Era tienen del concepto del trabajo, que se relaciona con lo identitario y con modalidades de emprendimientos interpretados y llevados adelante en clave religiosa. Por otra parte, es necesario mencionar que este trabajo forma parte de una investigación doctoral en la que me propuse analizar el movimiento Nueva Era en la ciudad de San Carlos de Bariloche (2000-2018), focalizando en la interfaz entre redes, prácticas y creencias que se superponen, se conectan y se solapan dentro del movimiento en el espacio local en conexión con el global. Para ello, el foco fue puesto en los maestros espirituales que se autodenominan “canalizadores” y en la práctica de la “canalización”,1 analizando su rol en la configuración y el funcionamiento del movimiento Nueva Era. En este trabajo se considera una población vinculada con la práctica de la canalización que integra tanto a residentes de la localidad de Bariloche como a sus redes nacionales e internacionales.2 Para su abordaje, se analizaron los discursos emitidos en portales de internet (páginas web, redes sociales y blogs donde se exponen narrativas religiosas e intercambio de servicios), literatura específica, relatos autobiográficos, entrevistas y observaciones. Metodológicamente, aplicamos la hermenéutica histórica (Guerrero Mills, 2013) y el análisis discursivo (Iñiguez, 2003). Finalmente, sobre los datos recabados de los canalizadores locales, aplicamos la prosopografía (Pasolini, 2019) para establecer un perfil socio-profesional de los creyentes. A continuación, referiré a la práctica de la canalización y el papel de los canalizadores dentro del movimiento Nueva Era para introducirnos posteriormente en las concepciones del trabajo en su cruce con lo identitario, así como en las formas de emprendedorismo y su significado religioso para estos creyentes. 2. El movimiento Nueva Era, sus especialistas religiosos y la práctica de la canalización El movimiento religioso conocido como Nueva Era o New Age, tuvo sus raíces en corrientes de pensamiento esotéricas del siglo XIX y XX (Teisenhoffer, 2008; Fernández y Novoa 2024, Fernández, 2025). Sin embargo, se visibilizó a partir de la década de 1960 entre las clases medias urbanas, en consonancia con los movimientos sociales y contraculturales que se manifestaron en distintos países occidentales (Carozzi, 2000; Teisenhoffer, 2008). Es un fenómeno complejo de conceptualizar y abordar debido a la multiplicidad de agrupaciones religiosas o terapéuticas que lo integran, las cuales presentan sus particularidades según el contexto histórico y social en el que van surgiendo (Carozzi, 2007; Frigerio, 2013; Fernández, 2021). En general, se reconoce una amplia oferta de terapias y espiritualidades alternativas, asociaciones esotéricas, terapéuticas y orientales asociadas al movimiento, sin embargo, más allá de las diferencias, el punto en común que articula a las distintas agrupaciones se sustenta y se origina en la creencia profética en el advenimiento de una nueva y superadora era astrológica de paz y prosperidad, la era de Acuario, que conducirá a la transformación espiritual de la humanidad y a su evolución en este sentido (De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, 2016; Fernández, 2013; Fernández y Novoa, 2024). En Argentina, las creencias y prácticas Nueva Era ya estaban desarrollándose desde la década de 1930 cuando se instalan en el país los seguidores de una agrupación esotérica denominada Escuela Arcana, fundada en Nueva York en 1923 por Alice Bailey. Esta escuela tenía por propósito llevar adelante un plan de acción para enseñar y movilizar a un discipulado que extendiera las ideas en torno a la Nueva Era a nivel mundial. En este contexto, en 1937, Francisco Brualla (discípulo de Bailey) fundó a su pedido en Buenos Aires, el Centro de Estudios Sophia (Fernández, 2025). A pesar de que estas ideas estuvieron presentes tempranamente en el país, fue recién a partir de la restauración de la democracia en 1983, cuando su presencia en el espacio público se fue haciendo progresivamente más evidente (Frigerio, 2018). Durante el siglo XXI dichas nociones fueron adquiriendo mayor visibilidad y popularidad, debido a la difusión de estas creencias y prácticas por las industrias culturales y los diferentes medios de comunicación, trascendiendo los circuitos alternativos que comúnmente vehiculizaban al discurso New Age (Frigerio, 2016). Con respecto a la canalización, propongo definirla como una práctica de mediación religiosa, que se sustenta en la creencia acerca de la posibilidad de comunicación con seres del plano espiritual y que implica una serie de actos y rituales que permiten, al sentir de los creyentes, la conexión con lo numinoso, lo divino. En este sentido, los canalizadores son aquellos especialistas al interior del movimiento, que asumen el rol de intermediarios entre el mundo físico y el espiritual, es decir, se constituyen en mediadores religiosos (Fernández, 2022; 2025). En cuanto a las formas de obtención de legitimidad al interior de la comunidad para constituirse en mediadores, estos individuos necesitan establecer una serie de vínculos sociales con otros que ya cuentan con esa posición de prestigio al interior del movimiento (Fernández, 2025). Las redes de sociabilidad (Bertrand, 2012) entre los canalizadores se constituyen en medios para la obtención de formas de capital social y simbólico (Bourdieu, 1993; Levita, 2007), ya sea durante el proceso formativo, a través de la asistencia a reuniones religiosas y viajes a lugares sacralizados, así como también mediante el mantenimiento de sus propias agrupaciones y sitios web. Estas instancias les permiten obtener recursos derivados o facilitados por otros miembros de la red, de modo que van incrementando ese capital (Levita, 2007) y la legitimación de sus enseñanzas y narrativas acerca de lo numinoso (Fernández, 2025). En su rol de mediadores legitimados por la comunidad, los canalizadores emiten lo que denomino discursos religiosos de carácter “revelador”. Estos se presentan en calidad de “mensajes divinos” que, según sus creencias, provendrían de diferentes divinidades (maestros ascendidos, ángeles, extraterrestres, cuerpos celestes personificados, etc.). A través de sus narrativas, indican al resto de los creyentes determinadas pautas a seguir como rituales y prácticas específicas, enseñanzas, técnicas de sanación, formas de actuar, entre otras, con el objetivo de que se produzca un cambio positivo en la humanidad, su evolución espiritual y posibilitar la instalación de la Nueva Era de Acuario, como una etapa humana superadora de la forma de vida contemporánea (Fernández, 2022). De este modo, los canalizadores cumplen una función fundamental dentro del movimiento, ya que son quienes establecen el corpus de creencias, las distintas prácticas que deben llevar adelante los seguidores, así como configuran el marco interpretativo (Fernández, 2025), concepto que refiere a los esquemas de interpretación y se define por su función orientadora y organizadora de la experiencia de los creyentes (Carozzi, 1998). El marco interpretativo de este movimiento se conforma a partir de la recuperación y resignificación del esoterismo moderno, recuperando su esquema cosmológico, mitos de origen, las narrativas en torno a la llegada de la Nueva Era y una nueva humanidad, la existencia de un plan evolutivo divino y de seres numinosos que se comunicarían brindando enseñanzas e indicaciones a través de una práctica de mediación para ayudar a los humanos a evolucionar espiritualmente. Sobre estas narrativas de base, los canalizadores enriquecen y amplían estas ideas a partir de sus propios discursos “reveladores” introduciendo elementos locales y contribuyendo a afianzar el imaginario religioso global de la Nueva Era. Por lo tanto, su marco interpretativo es dinámico y acrecional. A través de sus narrativas y de su posición y prestigio, estos especialistas establecen que creer y cómo, instituyendo las prácticas y acciones que deben realizar el común de los creyentes, el corpus de creencias, la sacralidad de determinados espacios, al tiempo que difunden y sostienen al movimiento (Fernández, 2025). Por otra parte, los canalizadores poseen una interpretación particular sobre el significado del trabajo, que está relacionado a los procesos de construcción de identidad personal y colectiva. Se constituyen en gran medida como emprendedores, que vinculan su labor como especialistas religiosos con su automantenimiento económico, aspectos que analizaremos a lo largo de este estudio. 3. Los “trabajadores de la luz”, concepción del trabajo e identidad entre los creyentes Nueva Era Las investigaciones que abordaron al movimiento Nueva Era han reflexionado en torno a la cuestión de la identidad entre sus seguidores. Por su parte, Frigerio (2013) señala la dificultad para detectar las identificaciones sociales de los seguidores, ya que no siempre se reconocen bajo un movimiento denominado Nueva Era. Esto se vincula a cómo se estigmatizó el término Nueva Era y lo asociado a él, en particular en determinados contextos como el de nuestro país a fines del siglo XX. A su vez, algunos estudios consideran el comportamiento de los creyentes y la circulación continua que tienen por diferentes espacios y ofertas alternativas (como grupos, talleres y especialistas), así como el constante establecimiento de relaciones efímeras y cambiantes y el otorgamiento a estas de un rol central en la transformación positiva, individual y colectiva (Carozzi, 2000; Frigerio, 2013). Según Frigerio (2013), es esta dinámica la que hace a la Nueva Era tan difícil de reconocer, porque es el individuo, y no un grupo religioso determinado, quien decide qué prácticas funcionan para él. En este tránsito por diferentes espacios los seguidores internalizan estas ideas y a su vez, sostiene el autor, es probable que no se produzcan identificaciones religiosas formales por las características del circuito, salvo, quizás, la identificación personal de “buscador” (Frigerio, 2021). Este investigador, al igual que Carozzi (2000), señala que la circulación transforma las identidades, las definiciones de sí y se produce la emergencia de la identidad del “buscador espiritual”. Sin embargo, este carácter ha sido cuestionado por enfatizar un tipo de sujeto demasiado asociado con el individualismo moderno. Según esta crítica, no se consideran las tramas de relaciones sociales que condicionan esas elecciones, ni las concepciones sobre la propia persona, que, en muchos casos, no se corresponden con un individuo que actúa de modo tan libre (Viotti, 2018). En relación a esto, Funes (2016, 2018, 2021) señala la importancia de los diferentes espacios de sociabilidad (ámbitos de enseñanza institucionalizada, empresariales, así como relaciones interpersonales) en los cuales los sujetos se apropian de nuevas maneras de definir, comprender y explicar la realidad, incorporando conocimientos y lenguajes espirituales. Estas perspectivas tensionan la concepción acerca de la Nueva Era como un ámbito de la religiosidad contemporánea formada por individuos que circulan y combinan todo tipo de prácticas y disciplinas espirituales, guiados únicamente por sus preferencias personales (Funes, 2021). La mayoría de los análisis se han enfocado en los sujetos que consumen diferentes ofertas alternativas, sin embargo, al focalizamos en los especialistas religiosos del movimiento, podemos arribar a otras interpretaciones. En nuestro caso, el abordaje de lo que significa el trabajo y el emprendedorismo entre los creyentes Nueva Era desde sus especialistas, los canalizadores, posibilitó indagar en torno a los procesos identitarios de estos trabajadores religiosos, así como el carácter que le asignan a los emprendimientos que llevan adelante. Partiendo de una acepción amplia del trabajo, este es definido por De la Garza Toledo (2009), como una forma de interacción entre individuos que implica su relación con objetos materiales o simbólicos, acarreando la construcción e intercambio de significados, ya sea en configuraciones asalariadas o no asalariadas. En este sentido, observamos que para los seguidores Nueva Era el trabajo no se reduce a la dimensión mercantilista o de mantenimiento económico, a través de diversas formas de emprendedorismo que vinculan a sus creencias religiosas, sino también incluye una faceta relacionada con la construcción de una identidad como trabajadores religiosos de un movimiento. En primer lugar, a través del análisis discursivo de las narrativas de los canalizadores, se reconoció la existencia de una identidad personal y colectiva (en el sentido de Frigerio, 2002), relacionada al concepto de trabajo y a cómo éste es interpretado al interior del movimiento. En los sitios web (Blogs, Facebook, YouTube y otros portales) de los canalizadores identificados, se observa que a partir de la primera década de los 2000 se produce una vuelta a la idea de sentirse incluidos dentro de un movimiento denominado Nueva Era (Fernández, 2025). Tanto los creyentes barilochenses como aquellos relacionados a sus redes nacionales y trasnacionales, se identifican como “trabajadores de la luz”. Hacen referencia al trabajo individual y colectivo, articulado desde su rol como trabajadores religiosos para impulsar el cambio social y espiritual hacia una nueva etapa superadora de la contemporaneidad, la Nueva Era de Acuario. Para ello, según afirman, debe producirse un cambio de mentalidad, de pensamiento y de actuar a nivel mundial que permita terminar con los padecimientos de los seres humanos, como el hambre, las guerras y la violencia, es decir, creen que la era de Acuario representa una nueva etapa de transformaciones y cambios hacia un idealizado mundo mejor (Fernández, 2013). Pamela, en su página web, sostenía que “los ‘Trabajadores de la Luz’ son almas que portan el fuerte deseo interior de esparcir Luz (conocimiento, libertad, y amor) sobre la Tierra. Sienten eso como su misión” (Kribbe, 2020). En este sentido, identificamos que el trabajo se vincula con la vocación y con un mandato divino (Gomes, Borges y Florindo, 2015). Estos especialistas o “trabajadores de la luz” a partir de sus propias prácticas religiosas (como sus meditaciones, oraciones y canalizaciones), se constituyen en intermediarios con lo numinoso. Tienen como objetivos promover el cambio de mentalidad dando a conocer estas creencias, “despertar” o atraer a nuevos seguidores y posibilitar la evolución espiritual de toda la humanidad a través de la sanación, la enseñanza y la difusión de esta forma de pensar. Crean, de esta manera, una identidad colectiva, un “nosotros” capaz de movilizarse para la acción; y cuando esta identidad colectiva coincide con la individual, el compromiso que se logra al interior de la comunidad es más significativo (Frigerio, 2002). Por una parte, consideran el trabajo individual como promotor del cambio, según manifestaba Cris: Para que el mundo cambie también tenemos que cambiar cada uno de nosotros, individuos, es como si fuéramos granitos de arena. Un grano de arena, tras otro grano de arena, forman grandes playas. Así se van a expandir estas ideas (Cris, comunicación personal, 7 de julio de 2015). En este sentido, para los seguidores las prácticas y ritos se constituyen en herramientas para acercarse a lo divino, y es el trabajo individual de cada persona lo que posibilitaría esta evolución. Pero, a su vez, esto implica un trabajo colectivo por parte de los especialistas religiosos. Estos colaboran a través de sus narrativas dirigidas al resto de los creyentes, indicándoles las acciones que deben realizar, como rituales y prácticas específicas transmitidas en forma de enseñanzas y brindando diferentes herramientas como las técnicas de sanación que posibilitarían según creen, la producción de ese cambio religioso individual y colectivo (Fernández, 2025). Esta identificación como “trabajadores de la luz” se construye en oposición, a quienes, asumen, quieren imposibilitar que esa evolución y cambios se produzcan, a los cuales definen como “trabajadores de la oscuridad”. Estos individuos o sectores que, según sus creencias, “trabajan para el mal”, son parte de la sociedad que está conforme con el mundo tal cual es y, sobre todo, colocan en este lugar a las instituciones religiosas tradicionales como las iglesias católica y evangélica, entre otras. Consideran que estas organizaciones “oscurecen” y transforman a su conveniencia las creencias primordiales dadas a los humanos por las divinidades. Según sus narrativas, las religiones tradicionales y organizadas son las que tergiversaron las enseñanzas de Jesús y las que, con sus doctrinas, separaron a la humanidad y han traído su sufrimiento.3 Tony señalaba respecto a esto, que “las religiones organizadas son todas las agremiaciones que, a través de la historia de la humanidad, han creado, caos, diferencias, guerras, conflictos, usando el nombre de Dios para ello” (Tony 2013). Los canalizadores reconocen entre estas religiones al cristianismo, el hinduismo, el islamismo, el judaísmo y el budismo (De Pablo, 2013; Alexiis, comunicación personal, 1 de febrero de 2012). No se refieren a los creyentes de esos credos, sino a las instituciones que establecieron qué y cómo creer y se encumbraron como únicos representantes o intermediarios en la relación con lo divino, impidiendo la relación directa que pueden tener los individuos con lo numinoso. Particularmente ven de forma negativa a sacerdotes, ministros y pastores, que enseñan una doctrina y se arrogan la “verdad” acerca de lo trascendental, negando la condición divina de cada persona que debe buscar su propia conexión con el plano espiritual (De Pablo, 2013). De esta manera, el trabajo no solo es interpretado en clave religiosa, sino que forma parte de un proceso de construcción de identidades y alteridades. Este es inherente a todas las actividades que llevan adelante, relacionadas a su marco interpretativo, las cuales unen ideológicamente a los individuos con sus comunidades y también conforman o modifican identidades (Frigerio, 2002). Por otra parte, con respecto a la organización del trabajo como especialistas religiosos, esta conlleva una serie de tareas vinculadas al “contacto con las divinidades” a través de la práctica de la canalización, al trabajo de difusión en internet de las narrativas que surgen de esta práctica y a la enseñanza del corpus de creencias. Este trabajo en conjunto implica, por un lado, una organización de los canalizadores dentro del movimiento respecto a las tareas que realiza cada uno, y por otro, el relacionado al emprendedorismo. Este último, además de conformarse en un modo de automantenimiento económico, se resignifica como parte del proceso identitario y religioso. En primer lugar, en cuanto a la organización del trabajo y las relaciones de jerarquía que se identificaron a partir del estudio de las redes de sociabilidad nacionales e internacionales de los canalizadores locales en mi tesis doctoral, reconocí en el nivel general de la Nueva Era, a los canalizadores prestigiosos a nivel internacional, que son los primeros referentes para todo el resto de quienes llevan adelante la canalización, como los estadounidenses David Miller, Lee Carroll y el sudafricano David Brown, entre otros. Son a quienes siguen y respetan, los cuales de forma directa o indirecta ayudan a otros canalizadores a lograr su posicionamiento como líderes. Estos referentes internacionales establecen las ideas centrales que el resto de la comunidad de canalizadores expone en sus páginas web y sobre las que realizan y agregan sus propias narrativas locales a través de la práctica de la canalización, que se suman a las globales (Fernández, 2025). A su vez, en otro orden, al interior de las agrupaciones, se encuentran uno o varios canalizadores que son quienes tienen mayor incidencia sobre el resto de los participantes de sus agrupaciones, son aquellos que han acumulado mayor capital social y simbólico (Bourdieu, 1993; Levita, 2007) a través de su trayectoria, como en el caso de Bariloche ocurre con Alexiis, An, Nora, Laura, entre otros. Estos especialistas establecen relaciones con aquellos más prestigiosos y organizan el trabajo religioso respecto a las diferentes tareas a realizar por el resto de los integrantes de sus agrupaciones o de aquellos que conforman la red de relaciones nacional e internacional en la que se mueven (Fernández, 2025). En el tercer nivel encontramos a otros creyentes participantes que se están iniciando, los aprendices, y a su vez, a quienes solo son meramente consumidores de estas ofertas religiosas. Por ejemplo, en un centro holístico, no todos los que están allí tienen el mismo grado de permanencia e identificación con el corpus de creencias Nueva Era; no detectar estas diferencias impide la comprensión y definición de las pautas de organización. Por este motivo, señalo la necesidad de diferenciar al consumidor ocasional del creyente. El primero puede asistir por cuestiones relacionadas al bienestar, por recomendación médica, por interés general, etc., en ese transcurso puede ir incorporando o no el marco de interpretación (en el sentido de Carozzi, 2000) del movimiento. Realizar esta diferenciación fue fundamental en mi investigación para entender e identificar la lógica de funcionamiento, sus formas de organización, las identificaciones, y cómo se conforman las creencias y circulan al interior de una agrupación o centro. En cuanto a la división del trabajo, reconocí a aquellos que emiten los discursos “reveladores”, los que transcriben estas narrativas, los que traducen esas enseñanzas, los que difunden y mantienen los sitios web y los que repostean esos mensajes en sus propios muros virtuales. Todos estos provienen de diferentes localizaciones geográficas, principalmente de Latinoamérica, Estados Unidos y España. Por ejemplo, Alexiis cumplía el rol de intermediaria con el plano divino, y sus narrativas pasaban por un proceso de reproducción de lo religioso vinculado a la difusión de estas enseñanzas. A partir de la observación de su práctica, reconstruí el circuito de producción y circulación de estas creencias. Se pudo observar que una vez que se “comunicaba” con una entidad, reproducía verbalmente en tiempo real lo que supuestamente le dictaban las entidades mientras el proceso era grabado. Terminada la grabación de la canalización, ésta era subida inmediatamente a sus diferentes páginas en internet. Posteriormente, la grabación era enviada a otra canalizadora, en este caso de México, que se encargaba de transcribir los audios y/o traducirlos a otros idiomas para su posterior difusión. Luego eran enviados a la canalizadora que había emitido esos discursos, que constataba lo pasado a texto, para finalmente ser subidos a las páginas web y compartirlos entre los integrantes de sus redes nacionales e internacionales, que a su vez lo posteaban en sus propios sitios virtuales. No existen fronteras entre canalizadores, desgrabadores, traductores o el que solo lo difunde; producto de su organización laboral, las narrativas del canalizador referido a lo que “las divinidades le habrían comunicado” circula entre los seguidores y se expone en la gran vidriera de internet (Fernández, 2013). Hemos expuesto hasta aquí como los canalizadores construyen identidades y alteridades, se organizan y generan la división del trabajo tanto a nivel local como en relación a sus redes nacionales y trasnacionales. A continuación, nos abocaremos a las formas de emprendedorismo religioso, considerando las significancias individuales y cómo estas formas de trabajo son consideradas en el contexto de la Nueva Era. 4. El emprendedorismo religioso entre los creyentes Nueva Era y el trabajo como mandato divino La población de canalizadores analizada está conformada en mayor medida por mujeres (68%), lo cual podemos interpretar en el marco de las narrativas del movimiento que destacan el papel central que estas encarnan (Fernández, 2025). Estos discursos emanan de la idea del “sagrado femenino”, que las considera sujetas centrales para el surgimiento de la Nueva Era y las coloca en la posición de gestoras de una nueva espiritualidad y humanidad, donde plantean la unión y la igualdad entre varones y mujeres para lograr el equilibrio universal (Ramírez Morales, 2018). Dichas creencias responden a una forma de feminismo místico que incorpora la feminización de figuras sagradas, narrativas y prácticas espirituales, que consideran al cuerpo como el espacio principal de significación y encarnación de lo sagrado (Ramírez Morales, 2019). Las actividades que realizan los canalizadores y las narrativas emitidas en el marco del movimiento, estimulan la idea de empoderamiento entre las mujeres que forman parte de sus propuestas, en una sociedad que, aún hoy en día, conserva un sesgo patriarcal (Fernández y Novoa, 2024). En otro orden, las edades de los creyentes oscilan entre los 20 y los 87 años; mayoritariamente se encuentran dentro del rango etario de los 40 a los 59 años (54%). El restante 46% se divide entre personas de 20 y 39 años (31%) y los mayores de 60 años (15%) (Fernández, 2025). La mayoría de estos individuos en algún momento se replantearon su proceder en la vida y se abocaron a la búsqueda de lo espiritual, de respuestas filosóficas o de aquello que los completara como individuos, sobre todo a partir de los 40 años. Un punto en común entre los creyentes es que tuvieron una vida personal atravesada por problemas familiares, personales o de salud que los llevaron a un acercamiento a lo religioso para solucionarlos.4 En este sentido, el acercamiento a la Nueva Era se presentó como una herramienta de afrontamiento religioso-espiritual, entendida como una forma de enfrentar determinadas situaciones donde se utilizan creencias y comportamientos religiosos para prevenir o aliviar las consecuencias negativas de los aconteceres estresantes de la vida, así como para facilitar la resolución de problemas (Yoffe, 2015). En cuanto a las ocupaciones laborales de los canalizadores, la mayoría de ellos eran profesionales de clase media, como identifican otros autores (Carozzi, 2000; Viotti, 2011), no obstante, también se reconoce la presencia sectores sociales de bajos recursos, como observa Gracia (2021) en su caso de estudio. Se individualizaron a profesionales con estudios terciarios y universitarios en áreas como psicología, ciencias políticas, publicidad, periodismo, contaduría, literatura, artes escénicas, música, medicina y docencia en nivel inicial, medio y universitario. También se identificaron cuentapropistas que trabajaban dictando clases de instrumentos musicales o de cerámica, en artes plásticas, elaboración de artesanías, fotografía, en la construcción o realizando tala de árboles, venta ambulante, horticultura orgánica y panadería. Otros trabajan en relación al comercio (de ropa, de productos cosméticos), o viven del alquiler de sus propiedades o del turismo hotelero. Una parte de la población analizada se dedica exclusivamente a su trabajo relacionado a lo espiritual, entre ellos los jubilados, que cuentan con mayor tiempo de dedicación (Fernández, 2025). La mayoría de estos creyentes se constituyen en emprendedores religiosos, ya que combinan su propio desarrollo personal, camino u objetivo de vida relacionado a lo trascendental y a su espiritualidad, con su mantenimiento económico como autoempleado y su desarrollo como profesional o especialista al interior del movimiento Nueva Era (Fernández y Novoa, 2024). Es decir, se reconocen dos dimensiones; por un lado, la relacionada a lo económico, donde el emprendimiento es una salida laboral, ya que se ofrecen bienes y servicios de signo religioso a cambio de un intercambio monetario. Pero, por otro, también se debe resaltar la dimensión religiosa, referida a la significancia que tiene ese emprendimiento para los creyentes y en el marco del movimiento, que vincula la concepción espiritual que tienen del trabajo, el rol de los canalizadores y, como he señalado anteriormente, la construcción de identidad y alteridades autopercibiéndose como “trabajadores de la luz”. En cuanto al rol del canalizador como trabajador especialista al interior del movimiento, este se constituye no solo como un mediador religioso, sino también en un docente y/o terapeuta y, a su vez, en un comunicador, o facilitador de conocimientos, prácticas y contenidos Nueva Era. Como sostiene Bordes (2013) la expansión de las creencias produjo la proliferación de espacios de formación que ofrecen la posibilidad de conformarse como especialista alternativo y, por lo tanto, como observamos, en un formador de esos saberes a través de su emprendimiento. Por otro lado, con respecto a la concepción religiosa que tienen del trabajo los canalizadores, estos consideran a sus emprendimientos como parte de una tarea o trabajo vinculado a la creencia de que es su “misión en la vida” y “un servicio”. Es decir, en primer lugar, esto le otorga al individuo emprendedor la posibilidad de obtener su realización espiritual al creer que está cumpliendo aquello a lo que estaba destinado a dedicarse, permitiéndole ayudar a los demás y así mismos en su evolución. Un maestro, Diego, decía al respecto, “mi propósito divino es compartir esta herramienta de sanación con el mundo” (Diego, 2023), por su parte, Paula afirmaba que su tarea de realizar “pinturas-portales” era su misión en la vida, ya que creía que cada obra era “un punto de anclaje en la tierra” que permitía reconectar con el plano divino, no solo a su poseedor sino también a la humanidad (Fernández y Novoa, 2023). Por lo tanto, como sostienen Funes y Nachón (2021), estos posicionamientos remiten a una noción espiritualizada del trabajo. A su vez, al igual que observan Gomes, Borges y Florindo (2015), notamos que la dimensión religiosa influye en la acción de los emprendedores no solo en cuanto a la idea de vocación, sino también, en la concepción del emprendimiento como designio divino que cuenta con la orientación de seres del plano numinoso para la gestión de este. Es decir, entre los canalizadores existe la creencia en que pueden comunicarse con entidades suprahumanas que les indicarían cuál es su misión como “trabajadores de la luz” y les transmitirían enseñanzas, acciones a seguir y diversas prácticas y técnicas de sanación, que se traducen en emprendimientos religiosos vinculados a la enseñanza o a la curación. En este sentido, se produce lo que podemos definir como una sacralización del trabajo en la medida que estos emprendimientos se constituyen para los creyentes en un mandato divino. Por ejemplo, Claudia, quien gestó la técnica “Herramientas para cruzar el puente” sostenía que estas les fueron transmitidas por una entidad para ayudar en la evolución de la humanidad: Mientras practicaba la meditación habitual, mi padre y guía de origen pleyadiano perteneciente a dimensión 12, se presentó y comunicándome que deseaba brindarme unas herramientas de autoayuda para transmitir a toda alma que esté dispuesta a trabajar en sí misma ocupándose de brillar, de iluminar desde el propio trabajo de autoconocimiento y autotransformación y llegar así a más humanos en evolución (Mendéz, s.f. a). Lo mismo ocurre con otros canalizadores quienes también afirman que las técnicas de sanación que ofrecen a través de sus emprendimientos son de origen divino. Es el caso de Paula, que trabajaba con el “arte canalizado” (Arte cósmico de Paula Rubio, s.f.); Ariel con la “sanación pleyadiana” (León, 2022); Mariana, Romina y Laura que ofrecían la “sanación akáshica” (Lectura de Registros Akáshicos, s.f.); y Mariam, quien sostenía recibir mensajes de seres feéricos (hadas, sílfides, ondinas y salamandras), que brindaban respuestas y herramientas para sanación, (Escuela de Registros Akáshicos y Sanación Akáshica EMMAC, s.f.), entre muchos otros. Estas técnicas de sanación que, según sus gestores, provienen de las indicaciones que entidades les transmiten, se constituyen en emprendimientos, ofertas que son consumidas por el creyente-consumidor para un mejoramiento de la calidad de vida. Así mismo, se conforman como espacios de enseñanza y transmisión de estas creencias, permitiendo la formación de nuevos terapeutas o maestros alternativos. Los creyentes se preparan como especialistas a través de lectura específica y del cursado de la oferta formativa que se produce y circula en el mercado religioso, ofrecida por canalizadores y/o al interior de agrupaciones dirigidas por estos. Algunos, como Laura y Claudia, se constituyen en docentes al ofrecer cursos y talleres para aprender y enseñar a canalizar y a utilizar diferentes técnicas de sanación. El hecho de cursar estas ofertas formativas habilita a las personas a ser parte de la red de maestros y terapeutas autorizados y obtener certificados de acreditación. Laura, en su página web, señalaba al respecto: “En esta sección se encuentra el listado de todos los Maestros autorizados de Técnicas Arcturianas®: Sanación Arcturiana® y Símbolos Arcturianos®. Sólo aquellos que figuren en el mismo pueden enseñar” (Técnicas arcturianas, s.f.). De igual manera Claudia, en su sitio exponía una lista de docentes avalados para enseñar la técnica “Herramientas para cruzar el puente” de la que fue gestora (Mendéz, s.f. b). Estos espacios formativos conforman círculos de sociabilidad (Bertrand, 2012) específicos, en los cuales los integrantes se reconocen formando parte de ese conjunto, y esa pertenencia incide en sus comportamientos y conductas. Por medio de la participación en estos círculos vinculados a la formación, no solo se consigue la habilitación para conformarse en maestros canalizadores y especialistas en diferentes técnicas de sanación, sino también, se establecen las reglas o las formas en que deben actuar, se difunden las narrativas religiosas, los imaginarios, las formas de ritualidad, entre otros. Es decir, aquellos elementos que van conformando el marco interpretativo (Carozzi, 2000) son apropiados por los creyentes por medio del proceso de socialización en diferentes espacios, entre ellos los de enseñanza, en los cuales los actores adquieren nuevas maneras de definir, comprender y explicar la realidad e incorporar los conocimientos y lenguajes espirituales (Funes, 2018). En relación a lo anterior, Marcelo compartió en la página web de la canalizadora que lo formó, cómo había podido constituirse en maestro, a través de su testimonio, se destaca cómo internalizó las narrativas específicas a su actividad religiosa, Mi experiencia ha sido y es maravillosa con este hermoso sistema canalizado por Laura. Doblemente feliz porque hace dos semanas pude hacer la maestría y dar a dos grupos el Nivel 1. Viendo que hermoso y sanador efecto produce en las personas que comienzan a desestructurarse y vibrar más en amor. Los arcturianos son seres maravillosos que nos asisten con su sanación y símbolos. Estoy inmensamente agradecido de esta amorosa conexión (Marcelo, 2022). A través de su propia formación, Marcelo logró obtener el aval que le permitió formar parte del círculo de canalizadores autorizados y transmitir legítimamente lo que había aprendido. Con respecto a la dimensión económica, esta tarea es remunerativa, por lo que se convierte en una salida laboral, en una forma de trabajo no clásico (De la Garza Toledo, 2009), a través de sus emprendimientos religiosos. En nuestro caso, la relación laboral se produce entre los trabajadores religiosos como autoempleados o emprendedores, vinculados en la producción de bienes y servicios espirituales, y sus clientes (creyentes), a cambio de una remuneración económica o de otro tipo de obtención de beneficios, como el prestigio y su consecuente posicionamiento como líder o referente. Con respecto al pago de los servicios prestados, existe una disputa en el campo de estudio. Algunos de estos canalizadores consideran que las enseñanzas y mensajes para la humanidad no deben ser objeto de venta, con una retribución monetaria a cambio del servicio espiritual (Alexiis, comunicación personal, 1 de febrero de 2012). En cambio, otros afirman que es necesario que exista ese intercambio para que la “energía fluya” (Alejandra, comunicación personal, 24 de agosto de 2014). Por lo tanto, se rigen por la llamada “Ley del Dar”, donde el dinero es concebido por los creyentes como: un símbolo de la energía vital que intercambiamos, y de la energía vital que utilizamos como consecuencia del servicio que le prestamos al universo. Al dinero también se le llama moneda “corriente”, nombre que refleja igualmente la naturaleza fluida de la energía. La palabra “corriente” viene del latín cúrrere que significa “correr” o “fluir”. Por tanto, si impedimos la circulación del dinero -si nuestra única intención es acaparar el dinero y aferrarnos a él-, impediremos también, puesto que el dinero es energía vital, que éste vuelva a circular en nuestra vida (Vida Positiva, 2023). Es decir, se considera beneficioso y positivo para todas las partes involucradas que haya un intercambio monetario, tanto para el emprendedor religioso que cobra por sus servicios logrando automantenerse económicamente y seguir los mandamientos divinos, como para el creyente-consumidor que, al dar dinero, liberaría la “energía” que le permite desapegarse de lo material y acercarse de mejor manera a sus metas espirituales. Si bien se reconoció el aspecto mercantilista en cuanto a la oferta de bienes y servicios religiosos, también detectamos otras lógicas que responden a una diferente idea de lo que significa el trabajo en relación a lo religioso. No siempre el dinero se convierte en el móvil de las ofertas de bienes y servicios espirituales, muchas de ellas no tienen una contraprestación monetaria, sino que entran en juego otras cuestiones como la difusión y la atracción de personas a estas creencias, la adquisición de prestigio y la obtención de otras formas de capital (Bourdieu, 1993) que les permitan a los canalizadores posicionarse como referentes al interior de sus comunidades y del movimiento. Por otra parte, una proporción de los creyentes (23%) combina su trabajo o emprendimiento espiritual con el área en que se han formado. En este caso notamos, al igual que observan Funes y Nachón (2021), que estos individuos desarrollan emprendimientos laborales que les permiten integrar ambos mundos. Ejemplos de esto son Andara, quien trataba pacientes realizando una combinación entre psicología y gemoterapia (Andara, comunicación personal, septiembre 2020), o Claudia, que era médica y aunaba su formación con el sistema terapéutico alternativo que creó (Mendéz, s.f. a). Una situación similar es la de Paula, una artista plástica quien relacionaba su trabajo artístico con sus creencias y ofrecía, a través de sus redes sociales (Facebook, Instagram y Youtube), una serie de productos y servicios de tipo religioso destinados a un público femenino, que incluían obras de arte, oráculos, talleres de enseñanza donde combinaba su trabajo en el campo del arte y la canalización entre otras ofertas (Fernández y Novoa, 2023). Algunos se mantenían económicamente con otras actividades laborales que no tenían directa relación con sus inclinaciones espirituales, como Abra, quien realizaba y vendía panificados y, paralelamente, llevaba adelante su práctica de canto armónico y cuencos tibetanos (Abra, comunicación personal, 7 de febrero de 2010). Entre quienes tenían otros trabajos tradicionales, notamos que con el tiempo lograron dedicarse por completo a su emprendimiento espiritual. Por ejemplo, Cris, quien era vendedor cuentapropista, logró formarse siguiendo sus inclinaciones espirituales y comenzó a dedicarse por completo al apoyo terapéutico, la enseñanza de la meditación, la tirada de tarot terapéutico y la sanación con extractos florales, entre otros (Cris, comunicación personal, 7 de julio de 2015). La mayor parte de los creyentes (70%) se dedica exclusivamente a sus emprendimientos religiosos. El poder llevarlos adelante y mantenerlos estuvo relacionado a tres factores principales: 1) su desarrollo formativo continuo a través de la literatura especializada, la realización de cursos, seminarios, talleres de formación, la participación en agrupaciones vinculadas a estas creencias y la realización de viajes y retiros espirituales, donde se vinculan con canalizadores prestigiosos y otros pares; 2) al prestigio y la obtención de capital social y simbólico (Bourdieu, 1993; Levita, 2007) que fueron adquiriendo al interior del movimiento Nueva Era, o por sus propias habilidades al hacerse conocidos con el paso del tiempo y/o por el aval obtenido producto de sus relaciones sociales con otros maestros o formadores que ya tienen una posición destacada en el campo de estudio. Otro elemento, 3) a la idea de seguir el camino marcado por el destino o su misión religiosa para lograr el crecimiento espiritual propio y de la humanidad, bajo premisas como “ayudar a otros a encontrar el camino” o “ayudar a despertar” (Fernández, 2025). Por otra parte, estos círculos de sociabilidad permiten establecer vínculos entre los maestros, realizar tareas colaborativas de enseñanza, promocionar mutuamente sus ofertas religiosas y realizar viajes para trabajar juntos en algunas propuestas como seminarios de enseñanza o retiros espirituales, lo cual promueve la movilidad temporaria a diferentes localidades.5 Estos desplazamientos son formas de movilidad sagrada, entendida como todo tipo de desplazamiento espacial individual o colectivo, en el cual la motivación principal está relacionada con aspectos religiosos o sagrados, aunque no de manera exclusiva o excluyente (Flores, 2023). En este caso, tienen connotaciones económicas, ya que son emprendimientos donde se ofrecen bienes y servicios de signo religioso, pero también se producen intercambios de saberes y sociabilidades que permiten vincularse para trabajar en conjunto, así como se convierten en momentos en que se viven experiencias religiosas compartidas. Como ejemplo, la canalizadora Romina viajaba desde Mendoza a Bariloche, para dictar cursos formativos en registros akáshicos a través de sus contactos con la asociación “Portal Bariloche”, una escuela para la formación de terapeutas y atención holística individual (Portal Bariloche, 2019). Del mismo modo Paula, artista y canalizadora conectada con la red local, a través de sus viajes de connotación religiosa, compartía su trabajo de enseñanza de “arte canalizado”6 con sus pares y seguidores de diferentes localidades de Argentina (Bariloche, Rosario, Neuquén, Capilla del Monte y Mar del Plata, entre otros), así como de Latinoamérica (Colombia, México y Perú) y de Europa, en el caso de España.7 Estas movilidades sagradas vinculadas al trabajo religioso son remuneradas. Las distancias geográficas no impiden la difusión de estas enseñanzas y creencias, porque se establecen redes de relaciones sociales e intercambios de largo alcance, nacionales e internacionales. De hecho, se constituyen de esta forma agrupaciones Nueva Era, en las cuales sus miembros están distribuidos en diferentes partes del mundo y trabajan conjuntamente, como la comunidad de Alexiis. Por otra parte, también se producen otras situaciones de canalizadores que asumen el rol docente, como al interior de sus agrupaciones, que funcionan en casas o locales particulares, así como a través del encuentro virtual por plataformas como Skype, Google Meet, Zoom, redes sociales o telefonía. En estos casos, la enseñanza-aprendizaje se genera en la relación directa y más personal entre maestro-discípulo, sin mediar remuneración económica, sino como una formación de quienes integran esa asociación (Fernández, 2025). A su vez, el aprendizaje puede producirse por medio de la participación en asociaciones formales con ramificaciones en diferentes países, como el caso de Group of Forty (Grupos de 40) creado por el canalizador estadounidense David Miller, el cual tuvo gran significación en nuestro país sobre todo durante la primera década del siglo XXI. Varios de los canalizadores locales, como Alexiis, Sai, Laura y los integrantes de sus redes nacionales y trasnacionales, formaron parte de estos “Grupos de 40”, a través de los cuales se difundieron las creencias en torno a entidades extraplanetarias (arcturianos) que ayudaban a la humanidad en su camino a la evolución y la ascensión planetaria (Alexiis, comunicación personal, 1 de febrero de 2012; Sai, comunicación personal, 5 de enero de 2012; Laura, 2011). La participación en estos círculos no solo estuvo vinculada al aprendizaje, sino también permitió la interacción entre los creyentes, quienes, a través de las relaciones con sus pares y su actividad al interior de estas agrupaciones, consiguieron la legitimación de sus propios discursos (Fernández, 2025). En cuanto al tipo de prácticas alternativas que realizan los canalizadores, se han identificado en la ciudad de Bariloche, ochenta especialidades diferentes de terapias y prácticas relacionadas a la sanación, la armonización, el mantenimiento y crecimiento del cuerpo físico y espiritual, y a la comunicación con seres espirituales (Fernández, 2025). Se observó que quienes ofrecen servicios espirituales buscan formarse continuamente en diferentes técnicas, terapias y saberes, por lo tanto, cada terapeuta o maestro suele ofrecer a sus clientes una variada oferta. Nora era una facilitadora holística, reikidoka, naturópata y también afirmaba dedicarse a la comunicación y sanación con seres elementales (espíritus de la naturaleza). Ayudaba a las personas que asistían a sus consultas a través de estas técnicas y a su vez, organizaba retiros espirituales, dictaba talleres y seminarios de formación (Daniela, comunicación personal, 25 de marzo de 2014). Por su parte, Alexiis no solo era canalizadora, sino también tarotista, parapsicóloga y numeróloga; además dictaba cursos de metafísica, angelología y radiestesia, áreas en las que se había capacitado (Alexiis, comunicación personal, 1 de febrero de 2012). La formación continua como especialista religioso: sanador, mediador, docente, facilitador, maestro, etc., lleva a los creyentes a mantener lazos y extender sus redes con otros especialistas formadores de la localidad, de diferentes partes del país y del exterior. De esta forma se multiplican los especialistas y sus ofertas espirituales que, a su vez, al tener contacto con esos otros, amplían las fronteras de sus saberes y prácticas, lo cual permite el intercambio de ideas, creencias, mitos, etc. facilitando la movilidad temporaria vinculada a lo sagrado de los creyentes locales y foráneos a la localidad u a otra. La mercantilización de lo religioso contribuye a difundir tradiciones que operan en la configuración del campo religioso, multiplicando sus agencias y favoreciendo la emergencia de creencias que se alejan de la tradición cristiana y consensos transversales sobre los supuestos de la Nueva Era (Semán, 2013:13). Como sostiene Algranti (2013) los actores religiosos ponen en juego formas propias de organización y símbolos específicos en el desarrollo de productos culturales dirigidos hacia un creyente-consumidor, que inciden en los modos de creer, en la forma que las personas se relacionan con una tradición o un corpus de creencias. 5. Conclusiones En este trabajo hemos abordado el significado del trabajo y el emprendedorismo entre los creyentes Nueva Era desde sus especialistas, los canalizadores, lo cual permitió analizar los procesos identitarios de estos trabajadores religiosos y el carácter que les asignan a los emprendimientos que realizan. El trabajo para estos creyentes no solo implica una dimensión mercantilista como forma de mantenimiento económico, a través de diversas formas de emprendedorismo que vinculan a sus creencias, sino también se constituye en un eje central en la construcción de una identidad como trabajadores religiosos del movimiento Nueva Era. En primer lugar, se reconoció la existencia de una identidad personal y colectiva (en el sentido de Frigerio, 2002) entre los canalizadores, relacionada al concepto que tienen del trabajo y a cómo este es comprendido al interior del movimiento. Por una parte, el trabajo es interpretado en clave religiosa y forma parte de un proceso de construcción de identidades y alteridades donde la figura autoidentificatoria como “trabajadores de la luz” se contrapone a otros que consideran “trabajadores de la oscuridad”, como parte de un proceso que evidencia las disputas que se producen al interior del campo religioso en el plano discursivo. Por otro lado, se reconoció la referencia al trabajo individual y también en conjunto y articulado como trabajadores de un movimiento religioso, para posibilitar el cambio social y espiritual hacia la Nueva Era de Acuario, como una nueva etapa superadora de la contemporaneidad. En este sentido, reconocimos cómo se organizan laboralmente al interior del movimiento para llevar adelante las diferentes tareas de la producción del creer. Se produce así, al interior de la comunidad, una organización y jerarquía entre los canalizadores, que van desde los más prestigiosos a nivel mundial, a los canalizadores referentes al interior de sus agrupaciones y en relación con la red global con la que se conectan, a los aprendices y consumidores ocasionales. A su vez, lejos de pensar a la Nueva Era representada únicamente por individuos como “buscadores” de lo espiritual, se detectaron las diferentes tareas de producción y circulación de las enseñanzas y prácticas religiosas, desde el canalizador que emite discursos de tipo “revelador”, el que transcribe las grabaciones de las canalizaciones, el que las traduce y las difunde, denotando una gran complejidad organizativa en el movimiento. Los canalizadores colaboran en la conformación del marco interpretativo de la Nueva Era, son quienes definen qué creer y cómo hacerlo y, a su vez, son los gestores de diversas técnicas y prácticas religiosas que se convierten en variadas ofertas dirigidas al creyente-consumidor a través de sus emprendimientos. Estas propuestas se entroncan con la particular concepción que los creyentes Nueva Era tienen del concepto del trabajo, el cual es considerado como una tarea vinculada a lo vocacional, a una misión de vida y entendida como designio divino. El emprendimiento, por un lado, proviene según sus creencias sobre lo que seres del plano espiritual (maestros ascendidos, ángeles, extraterrestres, etc.) les habrían enseñado en su rol de mediadores religiosos para posibilitar la evolución espiritual de la humanidad, a su vez, estos canalizadores lo enseñan y lo llevan adelante debido a que lo relacionan con un pedido de sus divinidades. En este sentido, se produce lo que podemos definir como una sacralización del trabajo, en la medida que estos emprendimientos se constituyen para los creyentes en un mandato divino. Estas iniciativas laborales se constituyen así en ofertas que permiten la formación y legitimación como especialistas religiosos. Los canalizadores como emprendedores se convierten en maestros, pero también a su vez, en muchas ocasiones, en consumidores de las diversas técnicas y prácticas ofrecidas por sus pares, ya que la formación continua les permite acrecentar su posición y prestigio al poder brindar variadas ofertas a sus creyentes-consumidores. Tanto en torno al mantenimiento y difusión de las narrativas y contenidos del movimiento como vinculado al trabajo formativo, se conforman círculos específicos de sociabilidad (en el sentido de Bertrand, 2012) que permiten legitimarse como canalizadores y, a su vez, mantener lazos laborales y extender sus redes hacia otros especialistas formadores de la localidad, de diferentes partes del país y del exterior. Estos círculos de sociabilidad permiten establecer vínculos entre ellos para realizar tareas conjuntas de enseñanza, viajes formativos, retiros espirituales, entre otros, lo cual promueve las movilidades sagradas (Flores, 2023) tanto hacia la ciudad como hacia fuera de ella. La mayor parte de la población analizada se dedica exclusivamente a sus emprendimientos religiosos, mientras que una menor proporción combina su trabajo como especialista con otros tradicionales como empleados o cuentapropistas. A su vez, algunos de estos emprendedores combinan su formación académica con los contenidos Nueva Era en sus propuestas. La mercantilización de lo religioso contribuye a difundir estas creencias y prácticas religiosas donde, como sostiene Algranti (2013), los actores religiosos se organizan y construyen símbolos específicos para el desarrollo de productos culturales que están dirigidos a un creyente-consumidor, estos inciden en los modos de creer y en la forma en que los individuos se relacionan con un corpus de creencias, en este caso con la Nueva Era. 6. Referencias bibliográficas
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    1. La canalización es una práctica de mediación religiosa, sustentada en la creencia en la comunicación con seres del plano espiritual. ↩︎
    2. La investigación base considera una población total de 285 personas vinculadas a la práctica de la canalización: 87 radicadas en Bariloche y 198 provenientes de sus redes nacionales (118) e internacionales (80). Cabe precisar que, si bien el análisis de las narrativas, el intercambio de servicios y la construcción de la identidad laboral abarca a la red en su totalidad, los datos estadísticos sobre género, edad y ocupación se centran específicamente en el núcleo de Bariloche por razones de accesibilidad en el relevamiento prosopográfico. Las citas seleccionadas para este artículo funcionan como ventanas analíticas para observar cómo los sentidos de la red se materializan en el emprendedorismo religioso, una práctica donde la identidad laboral se teje en la intersección constante entre lo local y lo global. ↩︎
    3. Puede verse como ejemplo los planteos de algunos canalizadores en: Alexiis, comunicación personal, 1 de febrero de 2012; De Pablo (2013); Arsinoe (2011). ↩︎
    4. A modo de ejemplo de lo mencionado puede consultarse: Alexiis (2007) y Sergio (s.f.). ↩︎
    5. Como ejemplos puede consultarse la página: Arte canalizado, 2018 y 2019. ↩︎
    6. El arte canalizado, según Paula, se produce a partir de la comunicación con seres del plano espiritual que transmiten mensajes a las personas quienes llevan adelante esta práctica. Esos mensajes son plasmados en forma de dibujos o pinturas. ↩︎
    7. Puede consultarse como ejemplo: Arte Cósmico de Paula Rubio (2019). ↩︎

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